Saeta


Saeta

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La saeta es un canto religioso, generalmente improvisado y sin acompañamiento,
realizado en las procesiones de Semana Santa y que tiene su origen en el folclore andaluz.
Se trata de una melodía de ejecución libre, llena de lirismo y de influencia árabe.
Exigen conocer el estilo del cante jondo propio de la tradición musical del flamenco.



El texto está compuesto por varios versos octosílabos y tiene siempre un significado
religioso que alude a los hechos y personajes de la Pasión. Se canta en honor de las
imágenes de los pasos que desfilan por las calles durante la Semana Santa.




Una de las sensaciones más estremecedoras de la Semana Santa andaluza es oír
esa quebrada voz que, desde la soledad y el anonimato, brota de las alturas para
orar a las barrocas imágenes cantando jondura.


La saeta ha sabido encontrar en el flamenco un modo de canalizar su plegaria.
El flamenco en la saeta, una forma de acercarse a Dios. Pero este encuentro no es
ni mucho menos casual a tenor de reflexiones como la de Gabriel del Estal, para
quien "el flamenco es ya de suyo una oración".


La saeta se remonta a un momento incierto de la historia como un cántico popular
cuya intención era incitar a la devoción y a la penitencia, con ocasión de un Via Crucis,
o como cántico de pasión. Estas saetas sentenciosas o avisos morales fueron cantados
en el siglo XVIII por los hermanos de la Ronda del Pecado Mortal, que recorrían las
calles para inclinara a los fieles a la piedad y el arrepentimiento.



El nacimiento de la saeta popular y la costumbre de cantarla el pueblo para expresar
su sentimiento religioso data, aproximadamente, de mediados del siglo XIX.
Esta primitiva saeta, actualmente casi desaparecida, conmovía por su entonación
grave, pausada y monótona, sencilla de estilo y ejecución.
Nacieron como fruto de las modificaciones que, sobre las saetas antiguas,
realizaron intérpretes de cada localidad andaluza.
Las saetas tenían la señal de identidad de su lugar de origen, lo que dio lugar
a cantos propios y autóctonos como la saeta vieja cordobesa, la cuartelera de
Puente Genil, las saetas marcheneras o la samaritana de Castro del Río.



En el lecho del pueblo llano, confluyeron a principios del siglo XX ese canto de la fe
y esa otra forma de expresar los sentimientos más profundos que es el flamenco.
La expresión artística del pueblo dio forma a la saeta, aflamencándola y adaptándola
a sus estilos. Surgió una copla de cuatro o cinco versos octosílabos cantada por
martinetes o seguiriyas, palos que por su jondura casaron bien con el tono negro
de la pasión de Cristo.


Desde entonces, se interpretan al paso de las procesiones de Semana Santa dirigidas,
sin acompañamiento, a las imágenes. El tema de las coplas es, obviamente, la pasión
y muerte de Jesucristo, como ejemplifica esta letra de Francisco Moreno Galván,
grabada en 1974 por Diego Clavel:


Llevarla poquito a poco,
Capataz, cortito el paso
Porque se ajoga de pena,
Y lleva los ojos rasos
De lágrimas como perlas.
(...)
Lo bajaron del madero
Y en sábanas lo pusieron,
Su cuerpo descolorío,
Su madre pregunta al cielo:
¿Qué delito ha cometío?

La aparición de la saeta como cante flamenco puede provenir de bastantes años antes
de su divulgación en los años veinte, según José Blas Vega. Aunque no se conoce a
ciencia cierta referencia de su creador, algunos teóricos citan a Enrique el Mellizo,
junto a otros miembros de su familia.
Hipólito Rossy sostenía la teoría de que el creador de la saeta flamenca fue Manuel
Centeno, mientras que otros teóricos la atribuyen a Antonio Chacón o Manuel Torre.


Intérpretes reconocidos de la primera época de esplendor de la saeta fueron La Serrana,
que grabó en disco, Medina el Viejo, La Niña de los Peines y Manuel Vallejo, junto con el que se dice fuera su mejor artífice, El Gloria. Su personalísima interpretación es la más seguida por los saeteros posteriores, dada su perfecta estructura flamenca desde el ámbito musical.


De la saeta de Centeno se desprende la versión moderna, muy recargada de ornamentación
y alargamiento de tercios, que se impuso en Sevilla a partir de los años veinte por boca
de La Niña de la Alfalfa. Carmen Linares recogió este peculiar estilo en la antología La mujer en el cante, sobre la marcha Amargura del compositor Manuel Font de Anta:


Ya se acerca la esperanza
Hermosa como los cielos
Gloria de los sevillanos
Y honra de los macarenos

Luis Melgar Reina y Ángel Marín Rujula, en la obra "Saetas, pregones y romances litúrgicos cordobeses", explican que "las saetas aflamencadas nacen en el preciso instante en que el cantaor siente necesidad de dirigirse públicamente a Dios, cantando la antigua tonada, conocida por saeta vieja, y la reviste, inconscientemente, de perfiles flamencos. La saeta moderna se hace totalmente flamenca cuando, con el tiempo, se fue forjando el misterio patético de la emotividad flamenca".


Musicalmente, la saeta se ha bifurcado. Subsiste la saeta antigua, aunque recargada con profusión de adornos y melismas. Además, los profesionales del cante flamenco han inventado una nueva forma de saeta, procedente de la seguiriya que ha amoldado las formas al sentido religioso de las palabras.

Toda Andalucía mantiene viva la saeta. Son numerosos los concursos de exaltación
de la saeta que convocan cada año peñas flamencas de toda la región.


Y cantaores que han hecho de este canterezo toda una especialización, como es el caso
de Kiki de Castilblanco. Incluso hay cofradías que han creado escuelas de saeteros, como
es el caso de la Hermandad de la Sed en Sevilla donde sábado a sábado, durante todo
el año, jóvenes y mayores aprenden, unos de otros, cómo el flamenco también puede
ser una vía directa de comunicación con Dios.



Marchena, cuna del cantoración

Muchos investigadores coinciden en que la localidad sevillana de Marchena es el epicentro saetero. Se han cruzado en estas tierras de campiña factores sociales, históricos, religiosos y musicales idóneos para aventurar la conclusión de que fue la cuna de este cantoración.

Ya en el siglo XV se instala en Marchena el primer convento de franciscanos, orden
religiosa a la que siguieron otras diez. Este dato es relevante si los orígenes del propio nombre saeta se atribuyen a órdenes religiosas como la Franciscana, la Dominica y la Capuchina.
Y más si se tiene en cuenta que todas estuvieron asentadas en Marchena.



Además de por profundas creencias religiosas, este pueblo se ha distinguido por
una fuerte sensibilidad poética y musical. Fruto de esta mixtura sacra y artística, nacen
en sus hermandades de penitencia las primitivas y antiguas saetas marcheneras.
Diez tipos diferentes se conservan en la actualidad y, quizás, alguno más hubo que cayó
en desuso y, por ende, en el olvido del tiempo.
Los marcheneros siguen cantando saetas como la Quinta y Sexta del Cristo de San
Pedro, la Cuarta de Nuestro Padre Jesús Nazareno, la Cuarta del Dulce Nombre de Jesús,
la Cuarta del Señor de la Humildad y Paciencia, las Carceleras de la Soledad o las Marcheneras.



Con el fin de preservar este rico legado musical, la Peña Amigos del Flamenco de
Extremadura produjo el disco Origen y Evolución de la Saeta: Saetas Marcheneras.
Este trabajo, editado en 1999 por Promúsica, recoge en la voz de saeteros locales la
tradición sacro flamenca de esta localidad sevillana. Pero no es el primer acto
conservador de la saeta marchenera.


Alentada por este mismo objetivo protector, la Hermandad de Penitencia de Nuestro
Padre y Señor de la Humildad y Paciencia y Nuestra Señora de los Dolores de Marchena fundó hacia 1986 la escuela de saetas. Contra su creación, se alzaron voces por lo que la enseñanza reglada podía tener de frío.


Pero venció la evidencia de que los tiempos habían cambiado y que los antiguos
métodos de aprendizaje de la saeta, la transmisión oral en la jornada labriega
o el propio seno del hogar, no volverían...


Era la noche llegada
Las tinieblas nos cubrían
Cuando aquella prenda amada
En los brazos de María
Cadáver se lo entregaban
(Carcelera de la Soledad)



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